Norma Valle

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Todas queremos a Sandro

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Sandro con periodistas de El Mundo, de izq. a der. Clarissa Rodríguez, Helga Serrano, Alba Raquel Cabrera, Norma Valle, Sandro, Bebé López y Gloria Borrás, 1969.

Cuando se anunció su llegada a San Juan ya lo conocíamos. Pero yo fui la afortunada.
Allí, en la bitácora del periódico estaba mi nombre junto a la asignación, me tocó cubrir la llegada de Sandro al aeropuerto internacional de San Juan en el 1969. Lo que nunca nos imaginamos era la personalidad especial del joven cantante argentino, su espontaneidad, su carisma y su profundo cariño para el público.
A mí, me agarró y me abrazó cuando le dije que le entrevistaría, a pesar de la multitud que le rodeaba. Eran los tiempos cuando los periodistas y la fanaticada llegaba hasta las mismas escaleras del avión, se desconocían las medidas represivas de seguridad, por lo que mientras yo me acercaba al famoso “gitano”, el fotógrafo Mandín Rodríguez disparaba su pesada cámara.
Bueno, pues hice la nota para el diario El Mundo. Llegó Sandro de América a San Juan y aunque mi recién adquirido título universitario de periodista profesional me obligaba a ser “objetiva”, por dentro me moría cantando de memoria sus dramáticas canciones…Rosa, rosa, la maravillosa y quiero llenarme de ti.  Era nuestro Elvis, nuestro propio Beatle, nuestro bolerista y también nuestro rockero. Era argentino pero era de todas nosotras, las jóvenes latinoamericanas de mini falda, que aprendíamos con la rapidez del rayo a ser arriesgadas e irreverentes en un mundo que se presentaba nuevo.

 

También le hice una entrevista en profundidad para el Puerto Rico Ilustrado, el suplemento cultural de El Mundo (disponible en la Colección El Mundo en la Biblioteca Lázaro de la UPR). Me recibió en el hotel del Condado, donde se hospedaba. Sandro no era muy alto,  pero si delgado, con una tez de porcelana y el pelo lacio y largo, como se llevaba en los años sesenta. Su sonrisa rápida siempre iluminaba su rostro y te miraba a los ojos con atención.


Compromiso social
Le hice las preguntas de rigor en ese momento histórico, es decir, su opinión sobre la responsabilidad social del artista, el compromiso con su país, con los obreros, las mujeres  y con la democracia. A todas contestó Sandro con elocuencia, era un cantante intelectual, me dijeron algunos compañeros del periódico. Sí, Sandro manifestó su compromiso social con Latinoamérica y con la canción de autor.
El cantante argentino, que triunfó en prácticamente todos los países de América, compuso decenas de canciones, grabó 59 discos, hizo 19 películas,  ofreció cientos de conciertos en el mundo entero y participó en innumerables programas de televisión, incluyendo la telenovela Fue sin querer en Puerto Rico para la década de los ochenta. En el 1967 ganó el primer premio en el Primer Festival de la Canción de Buenos Aires, y en el 1968, ganó en el Festival de la Canción de Viña del Mar en Chile; en el 1970, llenó a capacidad el Madison Square Garden de Nueva York. De ahí en adelante, el cantautor, que nació en una barriada obrera de Buenos Aires, se dedicó a viajar por los diferentes países de Latinoamérica estremeciendo a su público.
“Yo me nutrí con el rock. Gracias al rock dejé las calles, las navajas y las cadenas y agarré una guitarra. Dejé la campera de cuero y las pandillas. El rock me salvó. Me salvó de que quizá fuera un delincuente", le dijo Sandro en entrevista a Pipo Lernoud, autor de la Enciclopedia del Rock Nacional 30 Años, publicada en Argentina.
Icono de los sesenta y setenta
Sandro se convirtió pronto en un símbolo de nuestra generación, por lo irreverente no sólo de algunos de los textos de sus canciones –que apelan principalmente a las mujeres-- sino por la abierta sensualidad y erotismo de sus gestos y movimientos en el escenario. Durante los sesenta y los setenta se trata de romper con costumbres conservadoras y se inicia lo que se ha llamado la revolución sexual.
Para el teórico chileno Álvaro Cuadra “nadie como Sandro ha sabido cristalizar en sus canciones el alma melodramática de Latinoamérica. Desde Carlitos Gardel, pasando por Lucho Gatica, y hoy Juan Gabriel o Marco Antonio Solís; “Sandro de América” ha sido capaz de expresar un cierto imaginario profundo de la cultura de arrabal”.
Y añade que “Sandro, al igual que Gardel y Lucho Gatica, pertenece a toda Latinoamérica, pues los tangos, boleros y rancheras se escuchan en cada casa humilde de este continente, delineando un imaginario que se ha trasmitido de madres a hijos en cada generación. Como un soterrado código emocional y sólo comparable a la religión, el vino del melodrama se bebe en una copa rota que hiere los labios...” (www.generación80.cl).
Creo que en Sandro se reconocía, más que en otros artistas, una verdadera entrega a su gente, que éramos todas y todos, sin diferencias.

Sandro en San Juan
Sandro visitó en la redacción del periódico, como todavía hacen muchos artistas que promocionan sus giras al país y sus discos. Nos retratamos algunas de las chicas periodistas con Sandro de América. Sus fotos me han acompañado desde entonces en mi pared de famosos. Me hablan de momentos hermosos, de una década de luchas incesantes pero también de esperanza de cambio.
Ahora, que no está, que su público lo llora, lo recuerdo más que nunca y escucho sus discos, que sobreviven. Sandro (1945-2010) vivió y murió tal y como yo lo recuerdo, con mucha ternura y con mucha rapidez, con el placer de fumar a flor de piel y rodeado de mucha gente, especialmente de muchas mujeres que amaron a los acordes de su voz y sus canciones.

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