Norma Valle

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Silencios

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Anoche me despertó el silencio. Es decir que se interrumpió la electricidad lo que sumió mi hogar en un absoluto hoyo negro de ruidos y sonidos, el absoluto silencio que no pudieron soportar mis oídos. Por eso desperté sobresaltada. Me levanté a inspeccionar que estaba pasando y además del silencio noté también la ausencia de luz. Negro que te quiero negro, era lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados, así de cerrada era la oscuridad.

Busqué a tientas una linterna que no encontré y me asomé por las celosías a la calle, había personas que transitaban las aceras también sobrecogidas por el silencio y la oscuridad. Ningún auto rompió la quietud de la noche sin estrellas.

Eché en falta los sonidos que usualmente ignoramos: el de la computadora “en reposo”, el celular cargando baterías, la caja de cable TV, los relojes del componente de música, los varios aparatos de radio esparcidos por la casa, el horno de microondas y la estufa eléctrica, el motor de la nevera y por supuesto los abanicos o aire acondicionado.

En una fracción de segundos pasaron por mi mente las pocas ocasiones anteriores cuando me encontré en situaciones similares. Tikal en Guatemala. Nos hospedamos una noche en el hotel de la zona arqueológica maya, donde solo funciona una planta eléctrica varias horas al día. Cuando cayó la noche la oscuridad y el silencio eran tan absolutos que los pocos huéspedes (es decir nosotras) quedamos en vilo, más pronto nos inundó la luz de las estrellas y las luciérnagas, y escuchamos los sonidos de la naturaleza. Allí pude entender de qué hablan los boleros. La situación me obligó a pensar.

Hace un tiempo participé de un retiro de silencio con una monja tibetana de visita en la Isla. No podíamos hablar durante las comidas ni durante los paseos por los jardines, en las alcobas compartidas o en los pasillos del monasterio. Algunas personas se sintieron tan desesperadas que rompieron el silencio y abandonaron el lugar.

En estos tiempos difíciles cuando ya confrontamos el futuro, nuestra vida cotidiana esta sobrecargada de ruidos y de luz artificial. Ni en la ciudad ni en el campo nos escapamos de las voces que nos hablan continuamente ofreciendo información y opinión, a través de todos los medios, la mayoría electrónicos digitales. Se necesita paciencia y disciplina para diferenciar el grano de la paja. Para seleccionar con cordura y sabiduría lo que es cierto y lo que es falso, para no caer en la trampa de los hoyos negros que se tragan la capacidad para discernir.

Necesitamos silencios en nuestra vida para hacer introspección, para meditar y pensar, para actuar como seres humanos éticos y solidarios, independientes de la política partidista, el lucro personal y el reconocimiento fácil. En vez de objetos, este año tenemos que regalarnos silencio, tal vez entonces lograríamos concebir una mejor forma de convivir en este país nuestro.

El Vocero, 15 de enero de 2013

 

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