Norma Valle

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Funes

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Mauricio Funes, presidente de El Salvador, pidió perdón a su pueblo por la masacre de casi 1,000 personas, la mayoría niños y niñas, cometida hace más de treinta años por el ejército de ese país. Se considera la masacre más grande de civiles en la historia contemporánea latinoamericana. Funes lloró ante el monumento que se levanta hoy en El Mozote, al noreste de la capital San Salvador y frente a decenas de familiares de las víctimas.

El acto de Funes, electo en el 2009 por el izquierdista Frente Farabundo Martí por la Liberación Nacional, convoca a la reflexión de varias maneras. Primero, porque con su acto de contrición emula a los argentinos que también prometieron a su pueblo que “nunca más” se cometerían las atrocidades que perpetró la dictadura en Argentina. Segundo, porque nos hace recordar a “Funes el memorioso” (cuento, 1944), el entrañable personaje de Jorge Luis Borges que no lograba olvidar nada. Mauricio Funes tampoco olvida.

Y como el presidente salvadoreño recuerda la angustiosa represión y las torturas continuas que practicó el ejército bajo los gobiernos dictatoriales, pidió a las Fuerzas Armadas que revise su historia para que no destaquen a los oficiales y soldados responsables del asesinato masivo ni a otros que violaron impunemente los derechos humanos de los hombres y mujeres de El Salvador. Definitivamente hay que rescribir la historia de El Salvador y también la de Guatemala y Nicaragua, los pueblos deben, tienen, que recordar la aciaga historia que les tocó sobrevivir para que nunca más se repita.

Pero no es solo en los países centroamericanos donde se debe recordar, tienen que hacerlo Chile, España y Estados Unidos. No solo algunos sectores de la sociedad, sino toda ella, porque los aberrantes abusos y violaciones deben estar presente en los libros de historia de estos países. Los medios occidentales nos recuerdan cotidianamente la dictadura fascista de Hitler, así como la seudo comunista de Stalin. Más las de Pinochet y Franco, los encierros en campos de concentración de los japoneses americanos durante la Segunda Guerra Mundial, la descarnada esclavitud afro estadounidenses y el maltrato de sus colonias, esas muchas veces pasan por debajo del radar.

Tenemos que pedir perdón por el discrimen y el acoso de los marginados de la tierra, de los otros, de aquellas personas que son diferentes a nosotros, por razones de raza, género, clase social, edad, religión o preferencia sexual. Creo que debemos ser como Funes, memoriosos…

 

Publicada en El Vocero el 22 de enero de 2012

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