Norma Valle

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Arenas

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Siempre me asombra la importancia que los nórdicos le asignan a la discusión del tiempo. Que si esta frío o más frío, que si cae nieve, que si el suelo tiene hielo, que si el viento esta “racheado”; de hecho, tuve que buscar en la RAE el significado de “racheado”. Esa obsesión con el tiempo se manifiesta de forma feroz en la literatura sueca, pero también en la inglesa y hasta en la de Estados Unidos. Antes pensaba que se trataba solo de una costumbre de los países templados en los cuales se utiliza la ropa adecuada al tiempo para salir a la calle.

Más al estudiar la literatura se descubre que el clima, el ambiente, juega un papel importante en el desarrollo de la trama, en ocasiones hasta se convierte en protagonista. Así es en Wuthering Heights (1847) de Emily Brontë, por un lado, y por el otro, en La Vorágine (1924) de José Eustasio Rivera, pero es siempre en un clima extremo. En el frío o en el calor, en la lluvia que nunca cesa o en las sequías desgarradoras, en la neblina que se corta con cuchillo o en el abrazo hirviente del sol.

En nuestra isla tropical el tiempo nunca fue obsesivo, la ternura de las temperaturas y las brisas se agradecía. Hacía calor, pero no asfixiante y el frío, mejor dicho, el friíto de los pueblos de la montaña era un placer suave y cariñoso. Nuestra preocupación por el tiempo solo se alteraba, y se altera, cuando se anuncia una tormenta o huracán. Recuerdo cuando caminando por la Plaza de Armas, frente a las vitrinas de la centenaria González Padín se sentían las brisas frescas que anunciaban la Navidad. Era el tiempo de lucir un ligero suetercito.

Ya todo ha cambiado. Ahora los abrigos y las chaquetas se llevan a los trabajos y al cine porque el aire –mal llamado acondicionado—es tan fuerte que congela y cuando se sale a la calle, desprovista de árboles de sombra el calor te pega un fuerte bofetón en el rostro. Vivimos en atención de ver y escuchar las noticias del tiempo: Jorge Gelpí Pagán, Ada Monzón, Roberto Cortés y el Servicio Nacional de Meteorología forman parte de nuestras cotidianidad. Sabemos si llueve o no llueve, si se rompió el récord de calor, si estan aquí las cenizas de un volcán y si las arenas del Sahara ya llegaron. Es toda una nueva esclavitud.

A mi realmente me importan más los árboles que cortan a diestra y siniestra las administraciones gubernamentales. Esos enormes árboles frente al Centro de Recepciones y de la Escuela José Julián Acosta a la entrada del Viejo San Juan que desaparecieron subrepticiamente. Esa pasión por cortar árboles para que no “ensucien” las aceras me entristece. Esa siembra constante de cemento que cambia las temperaturas de la isla de los vientos Alisios me preocupa profundamente, porque junto al controversial asunto del “cambio climático” nos han abocado indefectiblemente por el camino de la obsesión mediática del tiempo y han alterado nuestra vida.

 

• Publicado en El Vocero de Puerto Rico el 24 de junio de 2012.

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