Norma Valle

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Fumar, ¿es un placer?

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Vicio, costumbre o meramente un placer. El cigarrillo sigue sembrando dudas en quiénes lo favorecen y quienes los proscribirían para siempre.

Una amiga me contó un día que durante las reuniones de su club social, salía cada 15 o 20 minutos al estacionamiento a fumar. Cuando alguien pasaba por su lado le decía “Mija, piensa en el cáncer”. Tanto estuvo la gota cayendo hasta que colmó la copa, dejó de fumar. Hoy cuenta que se moría de rabia cada vez que le lanzaban un comentario y les retaba, “a mi,” decía “no me dará cáncer”. Ella recuerda ahora, a sus felices 90 años, que vivió envuelta en humo durante más de dos década.

Y es que fumar, como dice la canción, es un verdadero placer. Veo en mi imaginación a la diva Sarita Montiel cantando con su voz acaramelada llena de zzzzzzetas: “Fumar es un placer, genial, sensual. Fumando espero, al hombre a quien yo quiero, tras los cristales de alegres ventanales…” Los filmes y todo programa de televisión y anuncio de publicidad de los cincuenta a los setenta envolvían en una nube de romanticismo y de misterio el acto de fumar. Humphrey Bogart, en su caracterización del detective privado Christopher Marlowe (1948), con el cigarrillo consumiéndose en sus labios, o una de las rubias del cine como Lauren Bacall, sosteniendo el cigarrillo en sus dedos largos y elegantes iluminaban una vida atractiva.

Más no se trata solo de décadas anteriores, un estudio realizado en Inglaterra con 5,000 jóvenes de 15 años reveló que para los años 2001-2005, películas como The Matrix, Spider Man y Bridget Jones, les influyeron hacia el consumo del tabaco. En el 1987, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el 31 de mayo como Día Mundial Sin Tabaco, y desde entonces las campañas antitabaquismo han proliferado en todos los países, incluyendo a Puerto Rico y a aquellos como España, donde un café no sabía igual sin su Ducado, tabaco negro. Según la OMS, más de cinco millones de personas mueren anualmente debido a enfermedades relacionadas con el tabaco.

Por esa fortísima razón, las redacciones de los periódicos ya no se ven igual sin la volutas del humo del cigarrillo, tampoco los clubes nocturnos y los cafés al aire libre. Hay resistencia a la prohibición total del cigarrillo en todas las jurisdicciones del mundo y las compañías tabacaleras hacen enormes campañas en contra de las nuevas costumbres sin humo. La industria y la historia forman una fuerte alianza.

Sin embargo, pienso que la moderación podría ser la respuesta. Fumarse un cigarrillo muy de vez en vez, igual que tomarse una humeante taza de café o un trago de buen ron boricua puede formar parte de la vida. El fundamentalismo a la trágala en contra de todo me parece deleznable. No concibo volver a entrar en un espacio lleno de humo, pero tampoco en uno con carteles que lo prohíban todo, casi hasta respirar.

 

Publicado el 10 de junio de 2012 en El Vocero de Puerto Rico.

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