Norma Valle

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Tiempos de ballena

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Una enorme ballena llegó a las costas de Luquillo, desatando mil controversias reales y figurativas. ¿Cómo puede interpretarse la presencia del mamífero de mar vis a vis la política del país?

Es ya un lugar común decir que muchas veces la realidad supera la ficción. Así ha sido nuevamente esta semana pasada cuando una ballena moribunda apareció en la playa de Luquillo. Inmediatamente recordé el extraordinario cuento del escritor nicaragüense Sergio Ramírez “Mañana de domingo” (2006) que inicia así “La ballena brotó de las aguas con un gemido y quedó flotando sin ánimo, como a la deriva”. También aquí brotó de las aguas, ¿de dónde si no?, y fue arrastrada por los lugareños hasta la orilla.

 

Nuestra ballena, un impresionante animal de 30 pies de largo y 15,000 libras de peso, también llegó a Luquillo una mañana de domingo y murió horas después atrapada en las rocas de la playa. Identificada por los científicos del Departamento de Recursos Naturales como cachalote, el hermoso mamífero era hembra y perdió a su cría quien sabe por qué, pues la necropsia no estará lista hasta dentro de varios días.

La aparición de la ballena cachalote en la playa de Luquillo reunió a cientos de curiosos que en un principio la tocaban y hasta acariciaban y luego se conformaban con mirarla, una vez las autoridades acordonaron su perímetro. ¿Qué hacer con la enorme ballena? La verdad, monda y lironda, es que la situación era rara, rarísima. ¿Cuántas veces tenemos a una ballena de frente en esta isla? Para eso estan los parques de Disney, allá en Orlando, Florida.

En el cuento de Sergio Ramírez, los pescadores y sus familias, todos residentes del pueblito donde llegó su ballena, seguidos de periodistas, fotógrafos y camarógrafos, llevaban en las manos hachas, cuchillos de cocina, baldes, bolsas y envases de todo tipo para hacerse con un pedazo de la ballena jorobada. No les importaba que estuviera agonizando, que los peritos dijeron que estaba enferma por lo que su carne no servía, ellos le cayeron arriba a la ballena destrozándola en minutos y poniendo su carne, grasa, cuero y hasta huesos a buen uso.

“La ballena es como el país—dijo el doctor Romero con leve sonrisa–, Sólo quedan los despojos”, finaliza el cuento. Acá, también pareció que la ballena pudiera reflejar el país. Se dijo que el alcalde Santini quería los huesos de la cachalote para su Museo de Vida Silvestre; después apareció la refutación en la prensa. Claro, me dije, es posible que en ese museo solo haya imitaciones de plástico. Los residentes del barrio La Boca de Luquillo tampoco la querían para nada útil, porque aquí casi nada se hace con materia prima, todo se importa y tiene que ser permitido por las autoridades federales.

Sin embargo, en lo que sí se parece nuestra realidad a la ficción es que “la ballena es como el país”: los resultados de su autopsia tardarán en conocerse, las autoridades del país no tienen jurisdicción, la gente, primero histérica, se quedó mirando, lamentándose, sin hacer nada. Ah, y posiblemente el año que viene hagan un festival en recordación de una ballena que llegó a morir…

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