Norma Valle

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Locas amantes de la paz

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Resumen: En un Simposio de mujeres caribeñas oradoras identifican su combate cotidiano contra la guerra y por la paz.

 

(fempress) Para Ángela Hernández, de la República Dominicana, la guerra es la crisis económica, la desnutrición de los niños, la falta de energía o de educación.

Para Clorinde Zephir, de Haití, luchar por el establecimiento de un régimen democrático, desde la nada hasta alcanzar los mínimos de convivencia, es luchar por la paz.

Para la cubana Kathy Rivas, la guerra es la obstrucción del desarrollo de su país en múltiples renglones, como el aislamiento y el boicot económico.

Para las puertorriqueñas, luchar contra la violencia doméstica y contra el hostigamiento sexual en el empleo es también luchar por la paz.

Hernández, Zephir, Rivas, así como varias compañeras puertorriqueñas y Khadijah Hamdalla, una médica palestina que preside la Unión de Mujeres Árabes de Puerto Rico, discutieron sus planteamientos en el foro “La mujer ante la guerra y la vida cotidiana: reflexiones críticas”.

Ellas, al igual que otros cientos de mujeres que se reunieron en sus centros de trabajo, de estudio o de recreo, conmemoraron en tertulias, charlas y conferencias el Día Internacional de la Mujer. Pero el ambiente de guerra-paz, paz-guerra que todavía permea la vida cotidiana del país, provocó que uno de los foros más concurridos fuera el de las mujeres ante la guerra, que co-auspiciaron el Recinto de Río Piedras y el Colegio de Humacao, ambos de la Universidad de Puerto Rico, junto a la Universidad del Sagrado Corazón.

La relación colonial de Puerto Rico con los Estados Unidos hace que los puertorriqueños participen en las guerras de esa nación norteamericana. Esto obligó a los hombres y mujeres del país a tener una participación directa en el conflicto bélico del Oriento Próximo. Las escenas de hombres, y muchas mujeres, partiendo para el Golfo en traje de fatiga, dejando atrás familias y hogares instó a reflexionar. ¿Deben las mujeres participar en la guerra? Queremos igualdad en todo, ¿también en la guerra? ¿No debemos ser las mujeres perennes objetoras por conciencia? ¿No está la mujer ligada a la vida, y la vida a la sobrevivencia, y la sobrevivencia a la paz?

Estudiosas de la condición de la mujer entienden que una de las formas en las que se plasmó y fortaleció la subordinación de la mujer hace unos 5,000 años fue su exclusión de la milicia, por lo tanto, de la guerra y, posteriormente, del poder. La mujer fue excluida de la guerra, explica Gerda Lerner en su libro La Creación de Patriarcado, porque en ese momento se protegía su rol de reproducir y criar a los hijos. Desde ese entonces se racionalizó –histórica, psicológica y biológicamente- que la mujer no era apta para la guerra y que, por lo tanto, debía siempre estar excluida de la misma. Sin embargo, son numerosos los ejemplos a través de la historia, incluyendo los que cita la Biblia, de mujeres que han luchado, superando en fuerza y estrategia militar a los más avezados guerreros. Estos ejemplos siempre fueron aislados, reconocidas estas mujeres como diferentes. La participación tradicional de la mujer en las guerras fue de apoyo, como enfermeras, cocineras y hasta rameras. Pero la historia reciente nos habla de guerras en las cuales las mujeres han participado masivamente en defensa de sus pueblos. Ahí están los casos de Argelia, Vietnam y Palestina.

Entonces, ¿debemos o no participar las mujeres en la guerra? Kathy Rivas habla de que la vida cotidiana de la mujer cubana incluye “un plan de guerra para tiempos de paz”, luchan por sobrevivir el boicot económico. Igualmente, explican que la vida cotidiana de las mujeres en la República Dominicana y en Haití es una lucha continua en la guerra por la sobrevivencia económica y política. Mientras que la puertorriqueña Diana Valle, profesora de la Universidad del Sagrado Corazón, afirma que más mujeres son violadas por sus maridos y más niñas por sus padres que por desconocidos; no puede existir democracia y paz en un país con familias no democráticas y no habrá democracia hasta que se reconozcan los derechos de todos los seres humanos.

De lo anterior se desprende que no sólo las mujeres somos aptas para ir a la guerra sino que cotidianamente libramos una guerra de resistencia. Estas guerras, sin embargo, son defensivas, defensivas de nuestras vidas, de las de nuestros hijos e hijas y de las de nuestros pueblos.

Queda la interrogante para la ética feminista, ¿debemos participar las mujeres como militantes en las guerras de los estados, tal como existen hoy en día, sean éstas agresivas o defensivas? O, tal vez, debemos comprometernos profunda y sinceramente con el desarrollo de estrategias, viejas y nuevas que consideren siempre el diálogo, nunca la guerra.

 

 

--Publicado en la revista:

Mujer/Fempress

No. 114

Abril de 1991

 

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