Norma Valle

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Isabel Allende y La hija de la fortuna

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Recientemente se me ha desatado el vicio de releer. Lo explico por varias razones, como por ejemplo, es más fácil y menos costoso que ir a una biblioteca pública o comprar un libro nuevo. Y además, recuerdo las palabras sabias de mi amigo Juan Mari Brás, periodista, político y voraz lector, quien me dijo un día que estaba releyendo el libro sobre los partidos políticos de Lidio Cruz Monclova. “Te asombrarías, Norma,” me dijo, “cuanto uno olvida y transforma lo que ha leído. Tuve que regresar al original para recobrar la exactitud de las palabras y la información”.

Así es como he vuelto a Dante, Pérez Galdós, Balzac, Borges, Bradbury, García Márquez y más recientemente Isabel Allende. Sí, Allende, la famosa escritora demonizada por la crítica de su propio país que le culpabiliza porque sus libros se leen masivamente, porque es la que más vende. La escritora chilena (n. 1942) ha publicado más de 20 obras –novelas, cuentos y memorias—que se han traducido a 27 idiomas. Además se han vendido más de 35 millones de sus libros en librerías y también en farmacias, supermercados, aeropuertos y puestos callejeros.

Sin embargo, la crítica internacional la ha reivindicado no solo como la escritora más vendida de Iberoamérica sino también como creadora de memorables personajes y de argumentos basados en la historia y la realidad de nuestros países americanos. Por sus novelas y cuentos ha pasado la lucha contra la dictadura de Pinochet, la rancia burguesía chilena anglófona y conservadora, así como la conquista de Chile por los españoles, la esclavitud en Haití y los hippies en Berkely.

Las novelas que releí esta vez fueron La hija de la fortuna (1999) y Retrato en sepia (2000). La primera gira en torno a dos entrañables personajes Eliza Sommers y Tao Chi’en, de orígenes tan disímiles como el aceite y el vinagre que como sabemos terminan juntos e inseparables. Ella, chilena inglesa, criada como una señorita de alta alcurnia; él, un verdadero médico chino, pobre y emprendedor. De ellos me acordaba durante los 13 años que pasaron desde que leí la novela por primera vez. Su recuerdo se fijó en mi memoria casi como si fueran parientes lejanos.

Se desarrolla en el Siglo XIX en las ciudades de Valparaíso, Chile, Cantón, China y varios lugares de la recién fundada California, incluyendo a San Francisco. Vivimos a través de la intrincada trama las vidas de los personajes y de sus circunstancias, las largas travesías en barco de un extremo al otro del mundo, la fiebre del oro, la esclavitud de las mujeres y de los no blancos, y, por supuesto, de los pobres, así como la fundación y el progreso de pueblos y ciudades.

Nos conmueve la generosidad de Tao Chi’en, su solidaridad con los enfermos y su necesidad de paz interior. “Se sentía lleno de ruido por dentro, añoraba el vacío del silencio y la soledad, que su maestro le había enseñado a cultivar como el más precioso don”, dice Allende sobre Tao. De Eliza, la chica tímida que se lanza a la aventura vestida de hombre para sobrevivir en el crudo mundo masculino y machista de la fiebre del oro, dice la autora “También se propuso escribir; por años había visto a Miss Rose escribiendo en sus cuadernos y supuso que lo hacía para combatir la maldición de las ideas nubladas”.

El amor entre Eliza y Tao Chi’en es hermoso, profundo, tranquilo, forjado en la diversidad, la tolerancia, el apoyo y el respeto mutuo. A través de sus ojos vemos transcurrir algunos de los sucesos más transcendentales del cambio de siglo.

Le dedico ahora poco espacio a Retrato en sepia, la continuación de la crónica de Eliza y Tao, sus hijos, nietos, parientes y algunos no amigos pero relacionados. Observamos de cerca la Guerra del Pacífico entre Chile y Perú y la consolidación de California en un estado de la unión norteamericana. Presenciamos los cambios políticos en Chile y en la formación de su pueblo. Es una épica, pero esta vez de gente común y corriente, de todas las clases sociales y desde varias perspectivas, especialmente la de género.

Presente estan las luchas por el control de las mujeres sobre su propio cuerpo, su independencia personal, el derecho a escribir, a trabajar y al sufragio. Es decir que el mundo según Isabel Allende, literalmente, esta integrado por mujeres y hombres con todas sus especificidades. Si fuera por esta razón nada más, bien valdría la pena leer estas novelas, si a esta razón le añadimos la riqueza del lenguaje, vívidas descripciones y certeras narraciones históricas, entonces se hace patente la razón, una vez más, para releer las buenas obras.

 

--En Rojo, Claridad, (11 al 17 de abril de 2013, p. 15).

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