Norma Valle

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Post 12 January 2015

En todas las cárceles en las que ha estado confinado el disidente político puertorriqueño Oscar López Rivera, durante 33 años de su vida, ha habido ruido 24 horas al día, siete días a la semana.

“En algunas el ruido ha sido ensordecedor, especialmente donde han habido abanicos eléctricos tan estridentes que me tomé tiempo en poder acostumbrarme al ruido. Lo interesante fue que después de haberme acostumbrado, cuando iba al salón de visitas donde había acondicionadores de aire, me tardaba un buen rato en sentirme tranquilo. Era una penitenciaría con un programa de privación sensorial”, me dijo Oscar López

Rivera en una entrevista sobre el silencio.

O tal vez podríamos decir que la entrevista gira en torno a los silencios, un tema que me apasiona, sobre el que pienso y escribo a menudo. Una persona se acostumbra o sobrevive a los ruidos o a los silencios. La gente de ciudad puede pensar que el campo es silencioso, pero no hay nada más ensordecedor que el sonido de los pájaros al atardecer, los insectos nocturnos, el rumor de las ramas de los árboles estremeciéndose en la brisa, o tal vez, los truenos, los aguaceros tropicales o la llovizna constante. Pero para otros es el ruido de la ciudad, una miríada de sonidos artificiales que inunda el ambiente, lo que afectan el oído y el alma.

Un ruido demasiado alto y estridente puede utilizarse, según expertos, entre ellos el profesor Peter Suedfeld, con el objetivo de causar privación sensorial en los confinados, como un castigo y si es de forma prolongada como una tortura. Oscar López Rivera me contó que: “En la penitenciaría super máxima en Colorado el ruido lo causaba la fricción del metal en las puertas que abrían electrónicamente. Cuando primero llegué eran los carceleros los que hacían el ruido despertándome cada media hora. Con su macana le pegaban al cristal de la celda hasta que me movía. La fricción de metal con metal crea un ruido que causa dolor al oído. Por lo menos ese era mi problema principal”.

El prisionero político boricua ha confrontado cruentos castigos como largos períodos en solitaria, privación sensorial, censura a su correspondencia y limitación de entrevistas y visitas. Aun cuando prisioneros de crímenes mayores, como el asesinato, tienen acceso a visitas continuas.

Published in El blog de Norma Valle

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