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04 Apr 2017

El invierno en uno de los estados del noreste de los Estados Unidos (EEUU) es hermoso, a pesar del frío, y debido al frío que congela hasta los huesos. Los colores del atardecer, como los describe mi hija, son el rosado, el malva y el turquesa, y así lo comprobamos en la tarde de un domingo familiar, lento y lleno de cariños.

Más son otros los colores de los que quiero hablar, se trata de los colores de las personas que transitan por los pasillos de un centro comercial o que se sientan a las mesas de los acogedores restaurantes, esos que no pertenecen a las grandes cadenas comerciales. Abundan el color caramelo, el marrón oscuro, el rosado pálido o el gris tornasol. Ahora, los que no aparecen por ningún lado son los absolutos del blanco, el negro o el amarillo. Esos solo existen en las mentes, un poquito desquiciadas, de alguna gente.

Allá para el 1975, estaba con mi sobrina en una cafetería frente al Instituto de Arte de Chicago. La niña tendría unos tres o cuatro añitos. Junto a nosotras se sentó una mujer afro estadounidense con el peinado a la usanza de la época, es decir, grande. Mi sobrinita se volvió hacia ella, y con esa voz ronca que la caracterizaba entonces, tocó a la mujer en el brazo y le dijo “you’re Black, you know”… La mujer la miró de tal manera que yo sentí aprensión por su posible reacción, pero a renglón seguido mi sobrina, una Mafalda en ciernes, le añadió “I know everything about you, I have watched Roots on TV, and I am so very sorry,” (Roots es una serie de televisión sobre la esclavitud en EEUU). Mmmm… la mirada de la vecina en la barra del restaurante cambió de inmediato, sonrió con toda su faz y nos saludó.

Siempre recuerdo esta anécdota cuando pienso en los colores de mi pueblo, y también en los de las personas que habitan los Estados Unidos, los que conforman el pueblo latinoamericano y ahora mismo de todos los pueblos del mundo. Una infinita variedad de colores que refleja a su vez una miríada cultural, nacional, étnica y racial.

Ahora que el trumpismo se desarrolla como anatema a la sociedad en general, me duele que cada ciudadana y ciudadano tenga que identificarse como “legal o ilegal”, “con papeles o sin papeles”, debido al color de su piel que puede levantar sospechas… La guerra contra la inmigración no blanca que ha desatado el gobierno del presidente Trump si no fuera tan concreta y cruel, solo provocaría la sonrisa irónica e incrédula. El otro día, cuando saludé a una de las cocineras en el restaurante vegetariano feminista Bloodroot (Bridgeport, CT), ella me contestó con un “Hola, soy legal desde que llegué”. Reímos las dos.

El sexismo, la homofobia, el racismo, la xenofobia y el clasismo del gobierno republicano de turno en los Estados Unidos se desarrolla apresuradamente a todos los niveles. Me parece que hay una especie de mirada indiferente de la sociedad en general hacia lo que sucede. Pero pienso que solo perdurará hasta el momento en que ese prejuicio le toque a cada quien a nivel personal; que le afecte a su familia, a su trabajo, a su lugar común. Solo entonces se desmoronará un poco la arrogancia y ese insoportable sentido de derecho propio que tienen algunos estadounidenses, y por supuesto, promueve su gobierno.

 

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Written by  Norma Valle
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