Leer a Juan Forn

12 Jan 2015

Estoy prejuiciada a favor del En Rojo. Me gustan sus artículos irreverentes, polémicos, políticos o sencillamente informativos. Me encantan sus ilustraciones realizadas por algunos de nuestros mejores artistas y en algunas ocasiones “fusiladas” de otras publicaciones solidarias. No es que me guste todo, todo. Pero con el tiempo he aprendido a aquilatar más los esfuerzos extraordinarios que hacen los periodistas (en este caso “las” periodistas) de las publicaciones pobres, esas que no tienen capital y dependen mucho de la buena fe de sus colaboradores.

El En Rojo, por ser la revista cultural de Claridad, el periódico de la nación puertorriqueña, ha contado con la pluma y el pincel, el teclado y la tecnología de tantos y tan buenos escritores y escritoras, fotógrafos y artistas, que trabajaron sin pedir compensación alguna, que ya muchas publicaciones del mundo corporativo periodístico quisieran para sus páginas, las de papel y las digitales.

Comencé a colaborar con En Rojo, con un “nom de plume”, uno de los varios que utilicé mientras trabajaba para medios corporativos. Es decir que a mi también me interpelaba el En Rojo. Posteriormente, y hasta nuestro días, continué mi colaboración ocasional con En Rojo, cuya audiencia siempre me ha privilegiado, lo que siempre se agradece.

Más realmente, mi relación con En Rojo durante varias décadas ha sido como lectora. Me considero una lectora apasionada, de esas que lee todo hasta las hojas sueltas que vuelan en las ventoleras del trópico y se te acercan a los pies cuando caminas por una acera. Como empecé a trabajar en un periódico tamaño sábana, impreso en viejas linotipias con tinta de plomo y estaño, soy una adicta al olor del papel periódico y a sus tintas. (Aunque ya a la tinta le han quitado su olor, es nocivo, lo sé—y lo siento-- al ambiente.) Ahhh, y los libros nuevos me matan. Los abro, acerco mi nariz y me extasío con el mejor de sus perfumes de tinta y papel. Por eso no tengo ni tabletas ni kindles. No, sencillamente no. Regodearse en la cama con un buen libro o varios periódicos (aunque el fisiatra lo censure) es la mayor delicia.

Entonces, me despisté del tema de esta nota. Juan Forn. Les digo que uno de mis placeres secretos por años ha sido leer a Juan Forn en el En Rojo. Reconozco que no representa “El libro de los placeres prohibidos” de Federico Andahazi (2013), es que sencillamente sus columnas se fueron colando subrepticiamente en mi imaginación. Que si habla de Borges y de Bioy, que si critica negativamente la película de Sylvia Plath (que con tanto amor exhibí en mi salón de clases), que si cuenta la historia de este enano que tenía a su abuela adentro. Y todos sus textos, todos, me provocan, me hacen reír a carcajadas pero principalmente me hacen pensar, umjú, si… pensar, ese acto humano en peligro de extinción.

Un día, llamé a la directora de En Rojo, colega Alida Millán y le espeté:

--“Oye chica, y quien es el Juan Forn ese, de aquí no es”.

--Se moría de la risa. “No”, me dijo “es un periodista argentino”.

–“Pero, ¿lo conocemos?”

–“No, no,” me dice. “Yo simplemente publico sus columnas”.

--“Mmmm.

Así siguió la cosa hasta que un día, me llama la Millán y me dice:

--“Vamos a hacerle un paquetito de libros a Juan Forn, ¿me recomienda algo?”

--“Y si”, le dije, aunque ahora ni me acuerdo que le sugerí.

La cosa es que hace unos días me entero por El País que uno de los famosos argentinos, J-u-a-n F-o-r-n, no asistiría a la Feria del Libro de Guadalajara. Y yo vuelvo a las llamadas.

--“Oye chica, nunca hemos hablado de la fama de Juan Forn, ¿por qué no tenemos sus libros?”.

Risas, risas.

--“Caros, es caro encargarlos a Argentina”, me dijo.

Juan Forn es un importante escritor, traductor y periodista argentino que ha publicado unas cuatro novelas, cuentos y crónicas. Fue creador y director del suplemento cultural Radar Libros del periódico Página 12, durante seis años, y publica semanalmente una columna en ese periódico. Esa columna se lee y se divulga internacionalmente a través de la internet. Decenas de sus columnas y crónicas se han recogido en libros que son de amplia circulación, particularmente en la Argentina, país que tiene una importante industria editorial.

Sus novelas son Corazones cautivos más arriba (1987), Frivolidad (1995), Puras mentiras (2001), María Domeq (2007.

Ahora, para mi, que soy lectora, todavía, de periódicos en papel y en línea, sus columnas me arrebatan, reflejan una extraordinaria imaginación, expresada con ironía, humor y sarcasmo, sin perder ni un ápice de la profundidad que todo buen artículo, por breve que sea, debe tener.

Cuando leía semanalmente la columna de García Márquez que aparecía en el periódico El Reportero para el que trabajaba entonces, pensaba que no habría columna o crónica que me volara tanto la cabeza. Durante años tuve guardada una que se titula “Estos ascensores de miércoles” (1983), hasta que me di cuenta que la tenía ya en varios libros y en la red. De nada valía la página de periódico triturada que guardaba en mi cartera. Eso quise hacer con la de Borges y Bioy que firma Juan Forn.

Tuve el privilegio de escuchar a Borges y a Bioy en largas charlas en universidades de Puerto Rico y me fascina la introducción del cuento “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius” (1940), en la cual el autor, Borges, como él mismo, inicia una conversación sobre Tlön Uqbar… con Bioy en una barra de un café de Buenos Aires, la realidad subvertida por la ficción. Por eso disfruto tanto la columna de Juan Forn, que es a la vez un comentario sobre el libro de Bioy. Esa y todas las que leo.

Pues, que les cuento, que en su 40 aniversario, En Rojo para mi es también leer a Juan Forn. ###

Written by  Norma Valle

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