Norma Valle

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Periodismo sin sospechas y sin carpetas

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Uno de mis compañeros de estudio en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid, un día que intercambiábamos notas sobe nuestras experiencias periodísticas, me dijo con una actitud entre arrogante y reflexiva: “Aquí sí que hacemos periodismo, ¿sabes tú cómo se fabrica una imprenta? Pues aquí, para hacer periodismo de verdad, hay hasta que saber hacer su propia prensa…” A renglón seguido, y demostrando una confianza en mi que he agradecido siempre, me explicó cómo trabajaban muchos periodistas de oposición a la férrea dictadura franquista: construían pequeñas imprentas manuales con varios lápices de madera, un pañuelo de hilo, algún que otro clavo y tinta. Era el principio básico de la imprenta primitiva de Gutenberg y Fust con la cual imprimían con rapidez asombrosa miles de papeles que con mayor destreza aún circulaban clandestinamente entre cientos de miles de personas en España. Así se construyó la prensa de oposición durante mas de 40 años de dictadura, ese medio que comunicaba las noticias que la prensa grande de España mantenía en silencio para sobrevivir a la censura.

Mi amigo periodista español fue arrestado varios años después de ese incidente cuando agentes de inteligencia lo encontraron en un apartamento semivacío con cientos de papeles y muchos nombres (ficticios) de suscriptores. El epílogo de la historia es feliz, el periodista sobrevivió la cárcel y la censura y ejerce su profesión con menos dificultades que antaño. Hoy solo tiene que luchar contra lo que luchamos los periodistas y las periodistas honestas de todo el mundo cotidianamente… Es decir, contra los estados demasiado celosos de su empeño, las empresas periodísticas a las que primordialmente les importa el lucro, las personas reaccionarias que no toleran la disidencia, y la mediocridad de funcionarios públicos, ejecutivos empresariales privados, fanáticos religiosos y periodistas arrogantes , que intentan coartar la liberad de prensa de múltiples maneras. Algunas de las forma clásicas de manipular la prensa se manifiestan a través de leyes o decisiones jurídicas, otras, las más con presiones económicas. También existe la autocensura que ejercen los propios periodistas sobre su trabajo por ignorancia, temor, lucro o amiguismo Y no debemos dejar atrás que la pobre formación –académica o práctica—puede acusar una ausencia de ética y moral en la profesión que empobrece la gestión periodística.

Pero bueno, mi intención al abordar esta columna con la anécdota sentida de mi colega español es comentar la forma más burda, y tal vez más cruel, que hemos presenciado en la historia reciente de nuestro país de intimidar y silenciar la voz de nuestros periodistas: la práctica de las carpetas.

Descubrir el contenido de mi carpeta levantada por la División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico ha sido una experiencia que todavía no puedo definir, gira desde el asombro y el humor, pasa por la ira y creo que termina en un desconsuelo y una tristeza profunda.

Siento un profundo amor por el periodismo honesto y responsable. Pero este mismo amor y respeto que siento por mi profesión, no me ciega. Reconozco los errores que cometemos los periodistas a menudo y la prensa en general, y creo en depurar con la crítica constructiva y continua nuestra profesión. Ahora, me pregunto, ¿qué derecho invocaron estos cientos de agentes de la División de Inteligencia para perseguir y hostigar a los periodistas, así como a tantos otros de nuestros buenos puertorriqueños? ¿Cómo es posible que en nuestra sociedad se permitiera la vigilancia y persecución de nuestros informadores, el estado en contubernio con la empresa privada?
En mi carpeta se refleja que me vigilaron cuando cubrí la reapertura del Teatro Tapia y el entierro del actor Félix Monclova, a quien describen como separatita. Visitaron a mis patronos en El Mundo para conversar con el jefe de personal y el de seguridad de la empresa, quienes fueron interrogados al tiempo que les decían que yo era “subversiva”. Visitaron la Universidad de Puerto Rico, donde enseño, también El Nuevo Día, donde trabajé, en efecto solo  por unos meses… Fui perseguida como periodista, profesora universitaria y feminista. No solamente me persiguieron a mi, sino también a mi familia.

Mi caso no es único, ya es de conocimiento público cuántos periodistas fuimos encarpetados. Tampoco es nuevo. Conocemos que la historia de nuestro periodismo ha sido en ocasiones heroica, ahí esta el caso de José Pabló Morales quien durante el Siglo XIX puso su pluma al servicio de la causa abolicionista y por eso fue perseguido y encarcelado. Conocemos además por la prensa el descubrimiento del caso del Cerro Maravilla. Es más, esos son los casos que sobresalen, pero a mi me llaman la atención los cientos de periodistas responsables, que trabajan anónimamente, y que durante ya casi dos siglos han mantenido activo el periodismo en representación de su pueblo, como debe ser.

El historiador Georges Weill, en su obra fundacional El periódico, dice… “los periódicos apoyan partidos diferentes, defienden los intereses de clases opuestas, lo que el uno oculta por razones contantes y sonantes, el otro lo dice, la campaña emprendida por una hoja pagada para ello encuentra en otra hoja rival enérgicas respuestas. Incluso si la verdad, ocultada por un periódico que tira 500,000 ejemplares, es revelada por un periódico que tira 10,000, poco a poco llega al gran público”.

Esta cita de Weill me ayudó a comprender por qué eran importantes los papeles impresos de mis colegas españoles que rompieron el silencio de la gran prensa española, y es por eso también que aquí en puerto Rico hemos sobrevivido los periodistas y las periodistas, a pesar de todos los obstáculos que se nos han impuesto.

Ahora, ¿por qué perseguir a los hombres y mujeres de la prensa que hacen su trabajo con eficiencia, aquí o en cualquier parte del mundo? Podríamos discutir extensamente las razones, pero bástenos menciona la principal. El periodismo hace una construcción social de la realidad. “Por eso la interpretación de la realidad social como un conjunto de noticias es una interpretación activadora de la sociedad. Hace que la gente hable, piense y actúe, que quiera intervenir en esa misma realidad que se da a conocer”, apunta Lorenzo Gomis en su obra Teoría del periodismo (1991). El periodismo compone el presente social como un mosaico de sucesos noticiosos, con la interpretación de los hechos, de los personajes, de las situaciones y haciendo un análisis de los mismos para esclarecer la realidad. De esta manera, el periodismo influye la interpretación que tienen los seres humanos de su presente y de su realidad. Un presente que deberá ser contextualizado históricamente y que deberá tener la mayor profundidad. Los seres humanos entonces podrán optar por querer cambiar o retener esa realidad social , y eso es lo que temen algunas personas (y grupos) que ostentan el poder, que el pueblo libremente pueda optar, decidir sobres las particularidades de su realidad social.

Son las instituciones u organismos de propósitos diversos que ostentan el poder los que más temen el ejercicio de la libertad. Los estados y sus aparatos de inteligencia, el gran capital y sus corporaciones, las iglesias, las dirigencias partidarias, en fin, los entes más conservadores de la sociedad son los que no quieren que la gente de una forma u otra subvierta su poder. Las fuerzas en contra de que los diferentes sectores de la sociedad ejerzan libremente su poder decisional miran con sospecha el periodismo. Sospechan de ese periodismo que da a conocer, revela e interpreta hechos, personas y situaciones para aclararlos, ofreciendo alternativas sobre los valores de lo que es bueno y es malo, conveniente o inconveniente, lo mejor o lo menos malo.

Yo entiendo la sospecha que podemos levantar los periodistas y las periodistas que aspiramos a que nuestro pueblo sea uno informado y consciente de su realidad social para que con sabiduría pueda tomar las decisiones necesaria para mejorar el país. Pero también entiendo que ya es hora, en las cercanías de un nuevo siglo, de que aboguemos todos y todas por el respeto sincero al periodismo y a los hombres y mujeres profesionales del mismo, que libremente puedan ejercerlo, sin sospechas y sin carpetas, para el beneficio de su sociedad.

Diálogo (Puerto Rico), agosto de 1992, página 37



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